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Por Miguel Céspedes y Zoé Valdés.

Por más de 6 décadas se institucionalizó en el país, una forma de gobierno que no ha
sido elegida por la mayoría de la sociedad. La composición de una visión única en las
diferentes áreas desemboca en un partido que controla la vida socio-política y
económica del país. Un partido que además segrega y margina.
En este sentido, la historia demuestra las diferentes expresiones de inconformidad desde
aquellos inicios a lo que se llamó proceso revolucionario. Un proceso que fue
presentado como alternativa a las sombras de la época republicana de la primera mitad
del siglo XX.


En el contexto político, las sanciones por parte del gobierno de Estados Unidos a la
cúpula de poder a principios de los años 60s, fue la respuesta a las acciones concretas de
usurpación y nacionalización. Las medidas no reflejan el verdadero significado del
descontento popular que se ha venido gestando durante más de 60 años y que se
materializaron los días 11 y 12 de julio de 2021, en las manifestaciones sociales
ocurridas en todo el país. El mayor acto cívico y de clamor del pueblo, dirigido a la
ingobernabilidad e inoperancia de un sistema obsoleto y fracasado. Un pueblo
secuestrado de sus derechos fundamentales, dónde cualquier iniciativa debe tener como
fuente y término al Partido Comunista para no ser tildada de “contrarrevolución”.
El embargo económico como consecuencia del descalabro social no sólo es una trampa
que acoge el discurso del sistema imperante sino que se convierte en un
fundamentalismo partidista.


El escenario de posibles aperturas y cambios por aquellos que apostaron por el
raulismo, decantaron en la sucesión dinástica de un proceso que se recicla a sí mismo,
sin ninguna otra intencionalidad que la de perpetuarse en el poder, derivando en la
continuidad del modelo socialista, que cambia la esperanza por la sumisión.
Los procesos de crisis han quedado en la memoria de quienes esperan salir de ellas,
donde la solución no ha sido reformar el socialismo o presentar un socialismo
democrático como proponen algunos, devenidos además en redentores de la debacle,
sino en escapar de una realidad que parece inamovible en el tiempo e imposible de
transformar.


La reducción del descontento social, sus manifestaciones y exposiciones, así como la
implementación de mecanismos que generan pequeños espacios, en una ausencia
material de las necesidades primarias, es un disfraz que se viste de complicidad.
La imposición de tendencias ideológicas mediante supuestas formas de expresión
artísticas y educativas que dividen a la familia cubana, están supeditadas a la sumisión
política, a la precariedad intelectual en el rendimiento de ideas, y al adoctrinamiento
social y político. Planteamos con preocupación la clasificación a los cubanos y
valorización según su ubicación geográfica.

El 11 de julio del 2021 marcó un antes y un después en la historia reciente de la
sociedad cubana. Cuando se intenta equiparar a la víctima con su victimario, se
responde al mismo objetivo de quién justifica la condena. La criminalización y el
fusilamiento de la reputación son prácticas recurrentes junto al uso desproporcionado de
la fuerza, que caracterizan a un régimen que goza de total impunidad.
La realidad cubana debería de estar por encima de cualquier ideología, de izquierda o de
derecha. Cuestiona en todo sentido y sin claridad en las definiciones, buscando
insertarse en un mundo más humano, “con todos y para el bien de todos”.
Los que suscribimos esta declaración, apoyamos las propuestas solidarias y apelamos a
la generosidad para acompañar al pueblo en su clamor de libertad:

• Condenar al sistema de gobierno cubano, por parte de los organismos, gobiernos e
instituciones internacionales, por el abuso de poder en los procesos a los manifestantes
del 11 de julio.

• Aislar económicamente al régimen cubano, que instrumentaliza el poder económico
para reprimir y someter al pueblo.

• Suprimir la participación de los representantes gubernamentales cubanos en todos los
foros políticos, económicos, culturales, deportivos y educativos.
Se lo debemos a nuestros muertos y a nuestros presos políticos. ¡Viva Cuba Libre!

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